La novela de fantasía épica “La Torre de los Huesos de Marfil” ya está disponible en Amazon. La presento al Premio Literario 2020 y aunque sé que la fantasía no suele estar entre las más votadas, porque somo un público grande, pero menor que los demás géneros, aun así, me hace una tremenda ilusión.

Esta novela la he firmado con mi nombre, y está alojada en la web www.yolandapallas.com así que podrás ver todos los enlaces y la sinopsis allí.

De momento, os enseño parte del capítulo primero. Disfrutad!

 

Tarmiel

Tarmiel bajó su capucha ocultando su rostro. Caminaba despacio, casi flotando, por las sucias calles de las afueras de Andesta, donde los elfos de bien solo entraban por dos razones: para buscar algo prohibido o para encontrar compañía especial.

En el caso del encapuchado que bajaba por la calle, lo que le había empujado era el primer motivo. Se había desplazado desde la luminosa casa donde residía en el barrio noble de la ciudad, a aventurarse en la sórdida taberna en la que estaba citado.

Observó detenidamente la fachada de la casa de dos plantas donde estaba su destino; le había costado un poco orientarse por las callejas estrechas y lóbregas, donde la sombra alargada de la luna convertía las puertas oscuras en posibles trampas. Los soldados élficos habían hecho una redada hacía poco tiempo, así que se sentía relativamente seguro, y, aun así, se mostraba cauto.

—No puedo creer que esté caminando por esta inmunda calle —murmuró para sí mismo, sacudiendo la delicada bota hecha con piel de conix que tenía una minúscula gota de fango. Se tenía que haber puesto sus viejas botas de montar.

La Posada del Dragón Tuerto se encontraba al final de una calle prácticamente deshabitada. Solo unos caminantes tapados con un manto que salían bamboleándose de la posada pasaron junto al elfo sin hacerle caso. Se sintió aliviado pues no quería problemas. Había arriesgado mucho por un libro muy antiguo; no solo su puesto sino, tal vez, su vida. Porque nunca había bajado por estas calles, y aunque no era un tipo cobarde, tomar riesgos innecesarios no era cómodo para él.

«Todo irá bien». Eso se repetía una y otra vez Tarmiel, mientras rezaba porque la guardia no decidiera investigar esa noche, y descubriera que un elfo de su clase, perteneciente a la Biblioteca de Andesta, se dedicaba a visitar los bajos fondos.

Había escuchado rumores sobre la Posada del Dragón Tuerto. Era un lugar donde se reunían los contrabandistas del preciado líquido inflamable, el gum-arum, necesario para calentar los hogares de los altos elfos, y también para los hechiceros, que lo utilizaban para fundir sus metales. Aunque la función más importante del espeso mejunje era mantener el fuego de la Diosa en la capital, Gaelisia, fuego que alimentaba la Magia de las Razas Superiores y mantenía al continente con un clima templado en su mayor parte.

A la posada también acudían ladrones, contratistas de esclavos, y algunos elfos arriesgados que querían vivir experiencias excitantes. Pocos hechiceros se acercaban a esa zona y las mezcla-sangre, las mujeres mestizas hijas de elfos y primitivos, tampoco se atrevían a ir solas, aunque se dedicaran a vender su cuerpo allí.

Sus pasos resonaban en la calle mientras se acercaba al edificio. Se bajó un poco más la capucha y se cubrió con la capa. Había quedado con uno de los contratistas de primitivos; así es como se nombraban a ellos mismos, aunque la realidad es que eran mercaderes de esclavos. El contratista en cuestión, un elfo llamado Ardén, le había enviado un mensaje al ministro de Arte y bibliotecario mayor, diciendo que había encontrado el primer y original tomo de la Historia de la Diosa, y quería vendérselo por una importante suma de monedas de oro.

Esos días el ministro estaba en Gaelisia, así que Tarmiel recibió el mensaje, y enseguida se le iluminaron sus ojos al pensar que el tomo podía ser auténtico. «Le demostraré a mi padre que soy más que un escribano», pensó el elfo satisfecho.

El mercader solicitaba mucha discreción para el intercambio, así que, sin decir nada a nadie, de lo que ya se estaba arrepintiendo, había tomado la tosca capa de su propio sirviente y se había lanzado a la aventura, como los héroes de los libros que desde niño había devorado.

La puerta de la posada se abría a la noche, dejando salir un fuerte olor a humo de pipa y a alcohol. Un tosco hombre primitivo se sentaba en el suelo, junto a la puerta. Entre sus manos llevaba un vaso de orkan, la bebida alcohólica solo apta para hechiceros y primitivos, que estaba haciendo efecto en él, provocándole un sopor que le hacía cabecear. Parecía el guardián de la posada, pero no levantó la cabeza del vaso que tenía entre las manos cuando el elfo se dirigió a la entrada.

Tarmiel arrugó la nariz al notar el fuerte olor del primitivo junto al del orkan, y alargó su pierna para evitar rozarlo. Traspasó la puerta de la posada y un lugar nunca visto apareció antes sus ojos. La posada era mayor de lo que parecía por fuera. Una gran habitación oscura y llena de humo, con una chimenea en la pared central del fondo. Cabezas de astados decoraban las paredes y barriles de orkan se apilaban en un lateral. Una alargada barra a la izquierda presidía el local mientras mesas toscas de madera se esparcían a lo largo de la habitación.

Algunos mezcla-sangre holgazaneaban sentados fumando en pipa y bebiendo, y algunos elfos hablaban susurrando, sin mostrar sus rostros. Muchos iban allí para conseguir hasum, el hígado de dragón que se decía que daba más potencia sexual, pero casi nunca era auténtico. Los dragones eran casi imposibles de capturar e incluso de ver. Y, aun así, seguían vendiéndolo.

Dentro de la posada había unas diez mesas, y casi todas estaban ocupadas por grupos de cuatro o seis personas. Había una mesa más ruidosa que las demás, en la que cinco jóvenes elfos, reían y bebían acompañados de algunas mujeres mestizas, que se sentaban encima de ellos besuqueándoles y riéndose escandalosamente.

La chimenea chisporroteaba dando demasiado calor, lo que conseguía que la mesa que había justo delante estuviera vacía. Una olla llena de caldo de un color indefinido, aunque de agradable olor, hervía sobre el fuego mientras una anciana mujer le daba vueltas de vez en cuando. Un primitivo se sentaba comiendo de un cuenco al lado de la chimenea.

Un murmullo sordo que fue levemente interrumpido al entrar él, volvió a reanudarse cuando vieron que era un elfo normal. Dio una mirada de reconocimiento y varios de los que estaban allí levantaron la mirada, pero al ver un elfo, volvieron a bajarla. Podía ser un soldado o un mercenario, o cualquier elfo ricachón que venía por productos prohibidos.

Se dirigió hacia el desgastado mostrador de madera, donde se reafirmaban varios hombres y en el que un viejo posadero servía cansinamente el oloroso mejunje a los mezcla-sangre y el delicado vino espumoso al que llamaban maudi, a los elfos que estaban allí. En un tosco barril lleno de hielo del desierto helado de Kon-Aran y que se mantenía helado gracias a la magia, sacaba y metía una botella tras otra. Necesitaría abundantes provisiones de maudi, ya que había otro grupo de elfos que estaban sentados en la mesa más alejada de la ventana. Estos últimos parecían hablar de negocios y no hacían ningún caso al resto de los parroquianos.

Tarmiel se sentó en una de las banquetas libres y pidió una copa de maudi. No conocía a su interlocutor, solo sabía que era un elfo y que se llamaba Ardén, pero no sabía a qué Familia Élfica pertenecía ni qué tipo de magia podía tener. Observó la parte superior de la pared. Un cartel manchado de algo oscuro indicaba que estaba prohibido hacer magia en este local. Tarmiel sonrió para sí mismo. Si era preciso, no dudaría en usarla.

Él era de la familia de los escribanos y en su familia tenían magia del aire, dominando las corrientes y huracanes, con el poder de provocarlos o calmarlos. Estaba orgulloso de sus últimos progresos, que había estado practicando a escondidas con su maestro el mezcla-sangre Senín, y tenía bastante habilidad para levantar objetos muy pesados, e incluso había conseguido tirar un árbol. Su familia no sabía nada de estos entrenamientos, pues la magia entre los nobles no era ni usada ni apreciada. Su padre, que era absolutamente recto con todas las normas, se hubiera escandalizado, y su madre, si viviera, se habría desmayado solo de saber que su hijo pequeño andaba practicando magia de combate. En todos los que no eran parte del ejército, había una norma no escrita, de no usar la magia si no era absolutamente necesario.

Y es que, a sus veintisiete años, todavía su hermana mayor Tardea, que había ejercido de madre desde siempre, lo sobreprotegía. Seguía escogiendo sus túnicas y todavía peor, estaba buscándole una joven y aburrida elfa para desposarse.

«Soy un hombre joven, y es mi momento de correr riesgos», se dijo a sí mismo, aunque su corazón palpitaba demasiado fuerte para ser verdad. Comenzó a sorber delicadamente el fresco y espumoso maudi. Alto, aunque no tanto como los otros elfos, había desarrollado una musculatura no muy habitual entre ellos, que mantenía oculta siempre bajo túnicas anchas que le cosía su hermana. Sus rasgos eran élficos, pero su corazón era indómito, nada tranquilo ni paciente. Cerró sus ojos azules recordando cómo había levantado su montura hacía solo dos días. Consiguió elevar como si fuera una hoja a su fiel Ungas, un corcel de raza cávox, de casi tres veces su peso, y con una altura que le superaba a él en dos cabezas.  Era un animal joven, todavía no había desarrollado del todo su cuerno frontal, pero el pecho era ancho y fuerte.

El primitivo que se sentaba cerca del fuego miró al desconocido elfo, supuso que era el que esperaban, así que se acercó a la barra. Su amo le había enviado desde el fondo de la posada. Olía bien. Le gustaban más los elfos que los hechiceros porque olían a flores, como su madre. Se colocó junto al elfo y éste se giró para ver si era su cita. La capucha se deslizó un centímetro dejando ver su cabello casi blanco. Volvió a cubrirse rápido tapando la cabeza. Era un primitivo, un sirviente, que le hizo una leve reverencia. Le indicó con un gesto que le siguiera hasta la mesa del rincón más oscuro donde una sombra bebía en silencio. Tarmiel tomó su copa y siguió al hombre.

La sombra le indicó que se sentara en la banqueta de enfrente y el sirviente se puso detrás de su amo.

—¿Bibliotecario? –preguntó con una suave voz –Tú no eres el ministro

—No lo soy, él está de viaje en Gaelisia, pero soy el responsable de la biblioteca cuando él no está, como puedes ver por mi anillo –contestó Tarmiel mostrándoselo con cierto orgullo.

—Está bien. Si me pagas el valor de este tesoro, me da igual si eres el jefe o el que limpia las heces de su cávox –terminó refiriéndose a las monturas de los elfos.